Page 733 - Anatema - Neal Stephenson
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Luego  subimos  a  un  macizo  y  vimos  la  costa.  Me


          asombró  lo  cerca  que  estaba.  Debíamos  descender  un

          poco,  pero  la  distancia,  en  horizontal,  no  parecía  tan

          grande.  Con  facilidad  distinguíamos  los  edificios  del


          puerto y contábamos las naves militares de transporte en

          los  muelles.  Había  aeronaves  militares  alineadas  en  el

          borde  de  una  pista  de  aterrizaje  sucia  encajada  entre  la


          costa y las montañas. Vimos despegar y girar hacia el sur

          una.

            En el puerto también había un par de barcos, por lo que


          creímos que, si llegábamos de una pieza, en lo que parecía

          que sería menos de un día de viaje, podríamos encontrar


          pasaje  en  uno  y  salir  de  allí  detrás  del  siguiente

          rompehielos. Así que descansamos, preparándonos para

          lo que sabíamos que sería un último tramo largo y arduo.


          Me  obligué  a  comer  otras  dos  barritas  energéticas.

          Empezaban a darme asco, quizá debido a mi preocupación


          por el todobién. Me las tragué con agua y volví a llenar la

          bolsa de nieve y la vejiga de combustible. Los suministros

          duraban. Los conductores del trineo nos habían dado de


          sobra, quizá porque sabían que tardarían en volver. Me

          alegraba de que hubiésemos decidido actuar, movernos en

          lugar de acurrucarnos en la tienda sin saber si viviríamos


          o moriríamos.

            Tras una hora de descanso, envolvimos otra vez el banco

          y  nos  pusimos  en  marcha.  Descendimos  por  una


          hendidura de fondo redondeado: otro circo que cruzaba



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