Page 734 - Anatema - Neal Stephenson
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nuestro camino y parecía curvarse hacia el puerto. Brajj
decidió seguirlo. El riesgo radicaba en que se volviese
demasiado inclinado para proseguir y tuviésemos que
retroceder. Durante las siguientes horas, en varias
ocasiones me preocupó mucho esa posibilidad, pero luego
sorteábamos un recodo, una cresta o una pequeña
elevación y veíamos la siguiente milla, sin nada que no
pudiésemos superar. En los puntos más inclinados, el
banco amenazaba con adelantárseme y tenía que
esforzarme un rato. La única solución era dejar que se
deslizase por delante y que bajase mientras yo me resistía
a dejarme arrastrar por su peso. En esos momentos, los
otros, que no tenían que ocuparse de esa carga, se me
adelantaban. La cuerda que me unía a Laro se tensaba y
me recordaba su impaciencia. Me daban ganas de tirar de
él y darle una torta. Pero Brajj evitaba que el avance se
desmadrase. Incluso en las zonas que parecían lisas y
seguras avanzábamos al mismo ritmo, parándonos cada
pocos pasos para comprobar el estado de la nieve con la
varilla de la tienda.
Hacía rato que había aprendido a distinguir las pisadas
de las raquetas de Brajj de las de los otros, y de vez en
cuando veía, para mi irritación, que se desviaban: Brajj,
por alguna razón, había ido por un lado, Dag por otro y
Laro había seguido los pasos de su hermano, obligándome
a mí a hacer lo mismo y, por tanto, a pasar por terrenos
que Brajj no había comprobado.
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