Page 785 - Anatema - Neal Stephenson
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apestosas. Paramos allí y asustamos a un par de
veraneantes. Me sacaron a cuestas del transbor de Yul y
me tendieron sobre una mesa de picnic que habían
cubierto con almohadillas de camping para que fuese
blanda y lonas para proteger las almohadillas de lo que
fuese que estuviese escapando de mi cuerpo. Yul dispuso
su equipo médico, que como todo lo suyo no había
comprado en una tienda sino que había improvisado a
partir de objetos encontrados. En una polibolsa grande y
gruesa vertió polvos blancos sacados de un politubo: sal y
germicida. Luego la llenó con un par de galones de agua
del grifo y la agitó un minuto para obtener solución salina
estéril. Se puso la bolsa bajo el brazo y apretó con fuerza
contra las costillas para lanzar un chorro de fluido a mis
heridas, para limpiarlas. Escogía una herida, retiraba la
gasa y me la lavaba hasta que yo gritaba, y otros treinta
segundos. Gnel se me acercó después con algo apestoso.
Mientras lo usaba en mi ceja abierta, me di cuenta de que
era un tubo de… lo mismo que se usaba para pegar el asa
de una taza rota. Las heridas demasiado grandes para el
pegamento me las cerraban con cinta de empaquetar de
fibra de vidrio. En cierto momento, una sur del Valle
Tintineante me cosió con aguja y sedal de nailon sacado de
la caja de cebos de Gnel. Una vez tratada una herida con
pegamento, cinta o nailon, alguien con camisa roja me la
untaba de vaselina y me la tapaba con algo blanco. Un fra
del Valle Tintineante, evidentemente un masajista,
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