Page 959 - Anatema - Neal Stephenson
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y  los  tipos  de  los  taparrabos  fuesen  más  ascéticos  que


          nosotros.

            Después  de  superar  las  rondas  iniciales  de  pompa,  el

          Primado  se  adelantó  para  decir  unas  palabras.  En  la


          oscuridad, al fondo de las naves se oía a la gente suspirar

          y  acomodarse.  Me  atreví  a  mirarme  y  vi  unos  pies

          desnudos y sucios, un paño desteñido dispuesto del modo


          más  tosco  posible  (el  especial  «acabo  de  despertarme»),

          cicatrices  todavía  rojas  y  cardenales  que  ya  eran  de  un

          tono  amarillo  verdoso.  Yo  era  el  representante


          Asilvestrado.

            Uno de los grupos de Prohijar, el más numeroso y mejor


          vestido,  avanzó  y  cantó.  Disponían  de  voces

          suficientemente fuertes para embarcarse en una polifonía

          en  seis  partes  sin  esfuerzo.  «Qué  buen  gusto»,  pensé.


          Luego  el  grupo  situado  a  su  lado  inició  un  canto

          monofónico, empleando tonalidades que yo jamás había


          oído. Vi a los del siguiente grupo sacar hojas de sus paños.

          Y  entonces,  por  fin,  comprendí  y  sentí  eso  que  sólo  se

          siente  en  una  pesadilla  especialmente  sádica:  me


          encontraba  en  una  trampa  perfecta.  ¡Cada  grupo  debía

          cantar algo! Yo era un grupo… ¡de uno! Y no iba a poder

          librarme agitando humildemente la mano y excusándome.


          A nadie le parecería una monería; nadie lo consideraría

          gracioso.

            «No es para tanto —me dije—. No esperarán gran cosa.»


          Yo era un cantante razonablemente competente. Si alguien



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