Page 964 - Anatema - Neal Stephenson
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afirmaba  que  no  era  más  que  la  última  fase  de  una


          computación  que  su  orden  había  estado  realizando

          continuamente  durante  los  últimos  tres  mil  seiscientos

          años.


            El  último  grupo  era  el  de  los  matarrhitas:  una  de  las

          pocas  órdenes  cenobíticas  que  creían  en  Dios.  Eran  el

          residuo  de  una  orden  centenaria  que  se  había  ido  a  la


          centena  en  los  siglos  posteriores  a  la  Reconstitución.

          Llevaban  el  paño  sobre  la  cabeza,  ocultándoles  por

          completo la cara, con una abertura para los ojos. Cantaron


          una  especie  de  canto  fúnebre…  un  lamento,  según

          entendí,  por  haber  sido  arrancados  del  seno  de  su


          concento,  y  una  advertencia,  como  si  hubiera  sido

          necesaria: no iban a permanecer con nosotros más de lo

          estrictamente necesario. La ejecución fue buena, pero lo


          encontré quejica y algo descortés.

            Esas representaciones fueron la parte penúltima del auto


          de Prohijar. Aunque en su momento no lo había entendido

          del todo, al principio del auto ya nos habían borrado del

          registro de peregrines y nos habían apuntado oficialmente


          en  el  Convox.  Habíamos  renovado  nuestros  votos  y  se

          habían  enviado  a  nuestros  concentos  de  origen  unos

          documentos de pinta curiosa, escritos a mano sobre pieles


          de  animales,  para  anunciar  nuestra  llegada.  Lo  que

          acabábamos  de  cantar  no  era  más  que  nuestra  primera,

          aunque simbólica, aportación a lo que fuese que el Convox


          estuviese haciendo. Sólo quedaba estar allí de pie mientras



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