Page 178 - El Leon De Comarre/ A la caida de la noche - Arthur C. Clarke
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afecto.
Gerane pareció mostrarse conforme con las palabras
del que le había interrumpido y el grupo, con Alvin, se
puso en camino hacia el pueblo. Mientras caminaban,
Alvin estudió el rostro de sus acompañantes. Parecían
hombres afectuosos, bondadosos e inteligentes. No había
en sus faces esos signos de aburrimiento o de fatiga mental
y brillante decadencia que un visitante de Diaspar hubiera
encontrado en un grupo semejante. Con su mente
despejada tuvo la impresión de que todos ellos poseían
muchos de los dones humanos que su propio pueblo había
perdido. Cuando sonreían, lo que hacían frecuentemente,
mostraban sus filas de dientes marfileños, esas perlas que
el Hombre había perdido y vuelto a ganar, para perderlas
de nuevo, en la larguísima historia de su evolución.
Los habitantes del pueblo lo contemplaron con franca
curiosidad cuando cruzó las calles en compañía de los que
acudieron a recibirle. Se sintió divertido al ver la profunda
sorpresa con que le contemplaban algunos niños. Ningún
otro hecho aislado le hizo pensar con tanta intensidad en la
enorme diferencia que separaba a este mundo del que a él
le era habitual. Diaspar había pagado, y muy caro, el precio
de la inmortalidad.
El grupo se detuvo ante el mayor de los edificios que
Alvin había visto desde su llegada al pueblo. Estaba en su
centro y de un asta que se alzaba sobre su pequeña torre
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