Page 248 - El Leon De Comarre/ A la caida de la noche - Arthur C. Clarke
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sueño,  después  un  proyecto  próximo  y,  finalmente,  una

         realidad:

                Ninguna máquina debía tener piezas móviles.




                Allí  estaba  la  última  expresión  de  ese  ideal.  Su

         realización le costó al hombre, tal vez, un millar de millones


         de  años  y  después  de  conseguido  este  triunfo,  le  volvió

         para siempre la espalda a las máquinas.

                El robot que ellos buscaban no era tan grande como la

         mayor parte de sus compañeros, pero Alvin y Rorden se


         sintieron como enanos cuando estuvieron frente a él. Sus

         cinco  hileras  con  sus  líneas  horizontales  le  daban  la

         impresión de una bestia agazapada y, al compararlo con su

         propio robot, Alvin no pudo menos de extrañarse de que


         ambas máquinas pertenecieran al mismo mundo.

                A  un  metro  aproximadamente  del  suelo  un  amplio

         panel transparente ascendía cubriendo casi la totalidad de


         la  estructura.  Alvin  apoyó  su  frente  contra  el  extraño  y

         cálido  material  y  miró  en  el  interior  de  la  máquina.  Al

         principio no logró ver nada, pero después, cuando sus ojos

         se habituaron, pudo distinguir millares de débiles puntitos


         luminosos  que  parecían  flotar  en  la  nada.  Estaban

         alineados tridimensionalmente en una extraña celosía cuya

         forma  no  significaba  nada  para  él,  como  las  estrellas

         tampoco significaron nada para el hombre antiguo.


                Rorden se le había unido y juntos miraron las entrañas




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