Page 249 - El Leon De Comarre/ A la caida de la noche - Arthur C. Clarke
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del  gigantesco  monstruo  mecánico.  Aun  cuando

         estuvieron  estudiándolo  durante  varios  minutos,  ni  uno

         solo de los millares de puntitos de luz se movió de su sitio


         ni varió la intensidad de su brillo. Poco después, Alvin se

         separó de la máquina y se volvió a su amigo.

                —¿Qué tipo de máquinas son éstas? —preguntó Alvin


         lleno de perplejidad.

                —Si  nosotros  pudiéramos  mirar  en  nuestras  propias

         mentes  —respondió  indirectamente  Rorden—,  veríamos

         que  su  esquema  resulta  igualmente  falto  de  significado


         para nosotros. Esos robots nos parecen inmóviles porque

         nosotros no somos capaces de leer sus pensamientos.

                Por  vez  primera  Alvin  miró  la  larguísima  avenida,

         jalonada  de  titanes,  con  cierto  sentido  de  comprensión.


         Durante toda su vida había aceptado la existencia de robots

         y  otras  máquinas  automatizadas  como  lo  más  natural.

         Había  admitido  el  milagro  de  los  sintetizadores  que


         durante             siglos           y       siglos           estuvieron              dotando

         incansablemente  a  la  ciudad  de  todo  lo  que  necesitaba.

         Miles de veces había observado el acto de creación que esas

         máquinas  ejecutaban,  sin  pararse  a  pensar  que  en  algún


         lugar tenía que estar el prototipo de aquellas cosas que él

         había visto venir al mundo.

                Al  igual  que  una  mente  humana  puede  ocuparse

         durante algún tiempo con un solo pensamiento, así esos


         grandes cerebros podían captar y conservar para siempre




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