Page 246 - El Leon De Comarre/ A la caida de la noche - Arthur C. Clarke
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Este mundo, Alvin lo sabía, no había sido hecho para
el hombre. Bajo el resplandor de las luces tricromáticas —
tan fuertes y oscilantes que hacían doler los ojos— los
largos y anchos pasillos se extendían hasta el infinito. Por
esos pasillos entraban todos los robots de Diaspar al final
de su vida paciente y servil, pero sólo una vez en un millón
de años se oía el eco de unos pasos humanos.
No había resultado difícil localizar los mapas de la
ciudad subterránea, la ciudad de las máquinas sin las
cuales Diaspar no podía existir. A unos pocos cientos de
metros hacia adelante se abría a una cámara circular de más
de dos kilómetros de anchura, con el techo soportado por
grandes columnas que debían soportar el inimaginable
peso de la Central de Energía. Aquí, si el mapa decía la
verdad, los Robots Maestros, las mayores de todas las
máquinas inteligentes, vigilaban el buen funcionamiento
de Diaspar.
Sí, la cámara estaba allí y era mucho mayor de lo que
Alvin se había imaginado, pero ¿dónde estaban las
máquinas? Alvin se detuvo un momento, sorprendido,
ante el tremendo espectáculo, y al mismo tiempo carente
para él de significado, que se ofrecía a sus ojos. El corredor
terminaba en la alta pared de la cámara —seguramente la
mayor cavidad jamás construida por el hombre— y a
ambos lados había rampas que descendían a los pisos
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