Page 247 - El Leon De Comarre/ A la caida de la noche - Arthur C. Clarke
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inferiores. Cubriendo el total de ese enorme espacio,
brillantemente iluminado, había centenares de grandes
estructuras blancas que surgían de un modo tan
inesperado que, por un momento, Alvin tuvo la impresión
de hallarse en una ciudad humana subterránea y que éstos
eran sus edificios. La impresión era vívida y resultaba
verdaderamente imposible librarse de ella por completo.
Por ninguna parte veía señal de lo que había esperado: el
brillo familiar del metal que desde el comienzo de esas Eras
el hombre estaba acostumbrado a asociar con sus sirvientes
mecánicos.
Allí estaba el fin de una evolución casi tan larga como
la del hombre. Sus comienzos se perdían en las nieblas de
la Era del Alborear, cuando la humanidad había aprendido
a utilizar la energía y a enviar sus máquinas a circular por
el mundo.
El vapor, el agua, el viento, y muchas otras cosas,
habían ido utilizados durante un corto período y después
fueron abandonados. Durante siglos, la energía de la
materia sirvió para mover todas las máquinas del mundo
hasta que a su vez también fue superada y sustituida. Con
cada cambio, las máquinas viejas tenían que ser sustituidas
y eran abandonadas, olvidadas, cuando las nuevas las
reemplazaban. Lentamente, durante un período de
millones de años, se llegó a una aproximación muy cercana
de la máquina ideal, perfecta. Un ideal que primero fue un
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