Page 43 - El Leon De Comarre/ A la caida de la noche - Arthur C. Clarke
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salvajismo de la escena lo que le hacía encontrar raro todo
aquello. Peyton jamás había conocido el silencio. Siempre
hubo en torno suyo el rumor de las máquinas o el lejano
ruido de los grandes vehículos interplanetarios de servicio
público proveniente de las grandes alturas de la
estratosfera.
Hasta allí no llegaba ninguno de esos ruidos, pues
ningún aparato podía cruzar la barrera de fuerza que
rodeaba la Gran Reserva. Los únicos sonidos que llegaban
a los oídos de Peyton eran el rumor del viento y el zumbar
de algunos insectos. Para Richard Peyton aquel sonido
resultaba insoportable e hizo lo que hubiese hecho
cualquier otro hombre de su tiempo. Apretó el botón de su
radio y seleccionó una banda que emitía música de fondo.
Así, kilómetro tras kilómetro, Peyton caminó por el
suelo ondulado que formaba la Gran Reserva, la mayor
zona de territorio natural que aún se conservaba en la
superficie del globo. El caminar no resultaba fatigoso en
absoluto puesto que el neutralizador que formaba parte de
su equipo reducía su peso casi a nada. Llevaba consigo esa
música relajante que había formado parte de la vida del
hombre casi desde que se descubrió la Radio. Aun cuando
no tenía que hacer otra cosa que girar un dial para entrar
en contacto con quien deseara en el planeta, quiso pensar,
sinceramente, que se hallaba solo, aislado de todo y de
todos, en pleno corazón de la naturaleza. Por un momento
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