Page 19 - Las Naves Del Tiempo - Stephen Baxter
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En cierta forma fueron esos calcetines —¡esos
cómicos calcetines!— los que con su ruda
existencia me convencieron, más que nada, de que
no había enloquecido: que mi viaje al futuro no
había sido un sueño.
Vi con claridad que debía viajar de nuevo en el
tiempo; debía reunir pruebas de que el futuro era
tan real como el Richmond de 1891, para
convencer a mi círculo de amigos y a mis colegas
de empresas científicas, y para eliminar hasta la
última de mis dudas.
Y mientras adoptaba esa decisión, vi de pronto el
dulce y vacío rostro de Weena, con tanta claridad
como si ella misma estuviese frente a mí. La
tristeza y una punzada de culpa por mi
impetuosidad me rompieron el corazón. Weena, la
mujer niña Eloi, me había seguido hasta el Palacio
de Porcelana Verde a través de lo más profundo
del bosque del distante valle del Támesis del
futuro, y la había perdido en la confusión del
incendio siguiente y el ataque de los Morlocks.
Siempre he sido un hombre que ha actuado
primero y luego ha dejado que su mente racional
evaluase la situación. Durante mi vida de soltería,
esa tendencia nunca había puesto a nadie en una
situación realmente peligrosa más que a mí
mismo, pero ahora, en mi insensata huida, había
abandonado a la pobre y confiada Weena a una
muerte terrible en las sombras de la Noche Negra
de los Morlocks.
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