Page 24 - Las Naves Del Tiempo - Stephen Baxter
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fuesen los primeros testigos de mis
descubrimientos, ese honrado joven fue el que
escuchó con mayor interés, con un silencio lleno
de simpatía y fascinación.
Me sentí extrañamente feliz al verlo, y agradecido
de que hubiese venido; de que no me hubiese
considerado un excéntrico, como otros, después de
mi actuación la noche anterior. Me reí y, cargado
como estaba con la mochila y la cámara, le tendí
un codo; cogió la articulación y la agitó
solemnemente.
—Estoy muy ocupado con eso de ahí —señalé.
Me miró con atención; en sus ojos azules me
pareció descubrir una decidida voluntad de
creerme.
—¿No es un engaño? ¿Realmente puede viajar en
el tiempo?
—Así es —dije, sosteniendo su mirada todo lo que
pude, porque quería que confiara en mí.
Era un hombre bajo y rechoncho, le temblaba el
labio inferior, su frente era ancha, tenía patillas
finas y orejas feas. Era joven, de unos veinticinco
años, creo, dos décadas menor que yo. Aun así, su
pelo desmadejado ya raleaba: Caminaba a saltos y
demostraba energía, pero parecía siempre
enfermo: sabía que sufría de hemorragias; de vez
en cuando, debido a un golpe en los riñones que
recibió en un partido de fútbol cuando trabajaba
como profesor en una escuela galesa olvidada de
Dios. Aquel día, sus ojos azules, aunque cansados,
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