Page 23 - Las Naves Del Tiempo - Stephen Baxter
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si volvía con imágenes del futuro cada uno de los
negativos, de cinco centímetros, valdría más que la
más hermosa de las pinturas.
Finalmente, me pregunté: ¿estoy preparado? Pedí
consejo a la pobre Mrs. Watchets, aunque no le
revelé, por supuesto, adónde pretendía viajar. La
buena mujer (impasible, honrada, normal, y sin
embargo de corazón fiel a imperturbable) echó un
vistazo al interior de la mochila, llena a reventar, y
alzó una formidable ceja. Luego fue a mi
laboratorio y volvió con ropa interior y calcetines
limpios, y —¡la hubiese besado!— mi pipa,
limpiadores y un bote de tabaco.
De esta forma, con mi combinación normal de
febril impaciencia e inteligencia superficial —y con
infinita confianza en la buena voluntad y sentido
común de los demás— me preparé para viajar en
el tiempo.
Con la mochila bajo un brazo y la Kodak bajo el
otro, me dirigí al laboratorio, donde me esperaba
la Máquina del Tiempo. Cuando llegué al salón,
me sorprendí al encontrarme con un visitante: uno
de mis invitados de la noche anterior, y quizá mi
amigo más íntimo; se trataba del Escritor del que
ya he hablado. Estaba de pie en el centro de la
habitación, embutido en un traje que le sentaba
mal, con el nudo de la corbata tan mal hecho como
era posible y con las manos colgando torpemente.
De nuevo recordé que, del círculo de amigos y
conocidos a quienes había reunido para que
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