Page 35 - Las Naves Del Tiempo - Stephen Baxter
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verde primaveral marcaban las estaciones.
Finalmente, ya acelerado, penetré en una nueva
quietud tranquila en la que los ritmos anuales de
la Tierra misma —el Paso del anillo solar por sus
solsticios— latían como un corazón sobre el
paisaje.
No estoy seguro de si dejé claro, en mi primer
relato, el silencio en que uno se ve envuelto
cuando viaja en el tiempo. El canto de los pájaros,
el traqueteo del tráfico en el pavimento, el tictac de
los relojes —incluso el respirar suave de la propia
casa— forman todos juntos un tapiz invisible en
nuestras vidas. Pero, apartado del tiempo, sólo me
acompañaban el sonido de mi propia respiración y
el suave ruido, como el de una bicicleta, de la
Máquina del Tiempo bajo mi peso. Tenía una
increíble sensación de aislamiento, parecía como si
hubiese penetrado en un nuevo universo mudo a
través de cuyas paredes fuese visible nuestro
mundo como por una ventana, pero en este nuevo
universo yo era la única cosa viva. Una gran
confusión se apoderó de mí, y se alió con la
sensación vertiginosa de caída que acompaña el
viaje al futuro, para provocarme náuseas y
depresión.
Sin embargo, el silencio quedó roto: un murmullo
pesado, sin fuente aparente, parecía llenar mis
oídos como el ruido de un río inmenso. Ya lo había
notado en mi primer viaje: no estaba seguro de la
causa, pero parecía ser el resultado de mi paso
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