Page 30 - Las Naves Del Tiempo - Stephen Baxter
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fotografías, redactaría mis estudios para
Philosophical Transactions; sería un famoso
complemento a los diecisiete artículos sobre la
física de la luz que ya había publicado allí. Sería
divertido, se me ocurrió, ponerle un título anodino
como «Algunas especulaciones sobre las anómalas
propiedades cronológicas del mineral plattnerita»,
y enterrar en medio la revelación impactante de la
existencia del viaje en el tiempo.
Finalmente acabé. Me volví a poner el sombrero
sobre los ojos, recogí la mochila y la cámara y las
coloqué bajo el asiento. Luego, sin pensarlo, fui a
la chimenea del laboratorio y cogí el atizador.
Sopesé su masa (¡pensaba que podría serme útil!)
y lo coloqué en la estructura de la máquina.
Me senté en el asiento, y apoyé la mano en la
palanca blanca. La máquina tembló como el
animal del tiempo en el que se había convertido.
Miré el laboratorio, su realidad terrena, y me
sorprendió hasta qué punto estábamos ambos
fuera de lugar, yo con mi ropa de explorador
aficionado y la máquina por su aspecto
extraterreno y por las manchas y rasguños del
futuro, aunque los dos éramos, en cierta forma,
hijos de ese lugar. Sentí la tentación de quedarme
un poco más rezagado. ¿Qué daño podía hacer el
pasar otro día, semana o año allí, inmerso en mi
cómodo siglo? Podría recuperar fuerzas —y curar
mis heridas. ¿Estaba precipitándome una vez más
en aquella nueva aventura?
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