Page 377 - Hijos del dios binario - David B Gil
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encerrado. Vencido por el desánimo, cruzó la
habitación con pies cansados y se tiró en la cama.
Allí estaba el techo blanco con el que mantendría
una estrecha relación durante los próximos diez
días. Suspiró y miró a un lado, hacia el perpetuo
paisaje colgado más allá de la ventana: árboles, un
suave horizonte de curvas verdes y un cielo que
oscilaba entre el gris ferroso y el plomizo.
Intentó imaginar cómo sería el mundo más allá,
cómo serían las ciudades y sus gentes, el azul
cerúleo del mar, el salitre en los labios, los
aerosoles humedeciéndole la frente. Entonces
volvió el rostro hacia el otro extremo del
dormitorio, hacia el ojo vigilante que le taladraba la
nuca incluso cuando dormía, enrojecido de no
parpadear. Necesitaba escapar de aquel escrutinio,
irse lejos de allí a un sitio donde nunca pudieran
seguirle. Así que cogió los dos cojines que había
sobre su cama y se encerró en el cuarto de baño.
Entró en la cabina de ducha, que ocupaba casi
la mitad del aseo, y tiró uno de los cojines al suelo.
La voz sintetizada de la cabina le preguntó a qué
temperatura deseaba el agua, pero desactivó el
sistema automático antes de quedar empapado.
Abrió la cremallera del otro cojín con los dientes y
hundió la mano en el espeso gel de silicona. Con
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