Page 739 - Hijos del dios binario - David B Gil
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silenciosamente a la mujer, entregó dos pistolas
que previamente descargó. Después fue el turno de
Beatrix, que se prestó al registro con una sonrisa en
los labios. Cuando el viejo Sanjo se acercó a Alicia,
esta se envaró bajo su abrigo. Hasta ahora a nadie
se le había pasado por la cabeza que alguien como
ella, una víctima más que una amenaza, pudiera
estar armada. Se encogió mientras el jefe de
seguridad deslizaba las manos a medio palmo de
su cuerpo; sin embargo, el registro concluyó sin
que los sensores advirtieran nada sospechoso.
—¿Hemos terminado ya con esta tontería? —
preguntó la asesora de Ludwig Rosesthein.
—Sí, podemos pasar.
El vestíbulo de la casa difería por completo de
su aspecto exterior: si desde la calle la finca
aparecía cubierta por una pátina de decadencia, el
interior se había acondicionado con un lujo
ostentoso, ajeno a los remilgos de la decoración
vanguardista. Y repartidos por la estancia,
charlando en corros o arrellanados en butacones,
hombres de avanzada edad que fumaban, bebían y
charlaban distendidamente, como si ningún
problema pudiera alcanzarlos. La mayoría eran
asiáticos, unos pocos, occidentales; todos vestían
trajes italianos y lucían relojes suizos. Alguno
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