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que firma un decreto de nombramiento o el médico que firma un certificado de enfermedad o
invalidez, moviliza un capital simbólico acumulado en y por toda la red de relaciones de
reconocimiento que son constitutivas del universo burocrático” (p.20 y 21)
Al nombrar la realidad, el lenguaje con su ilimitada capacidad generativa, no solo define la
realidad, sino que también la crea. Su fuerza radica en el hecho de que la palabra identifica realidades
y se nos ofrece como instrumento adecuado para conocer y analizar la realidad. Exclusión es el
término que usamos para nombrar los resultados de una sociedad desigual. Ser excluido supone que
se está afuera. Una persona, un colectivo, un sector, un territorio, está excluido si “no pertenece a…”.
Se está excluido cuando alguien no se beneficia de un sistema o espacio social, político, cultural,
económico. O bien, al no tener acceso al objeto propio que lo constituye: relaciones, participación en
las decisiones, en la creación de bienes y servicios por la cultura y la economía etc. Hablar de
“exclusión social” es expresar y dejar constancia de que el tema no es tanto la pobreza y las
desigualdades en la pirámide social sino, en qué medida se tiene o no un lugar en la sociedad. Lo
mismo sucede en relación a la exclusión educativa: el excluido es aquel que ha perdido o nunca tuvo,
un lugar dentro del sistema escolar. En este sentido, la denominación de alguien como excluido está
ocultando un hecho más grave: es alguien a quien no se le reconoce su derecho fundamental a
aprender en el sistema educativo formal.
La generalización de la noción de exclusión podemos asociarla a la naturalización que se
pretende de los actuales procesos de desafiliación en el marco de la sociedad neoliberal. Se sitúa a
estos sujetos, en una operación discursiva de legitimación, en nuevas relaciones de poder que tienen
su expresión directa en la construcción de políticas sociales, incluidas las educativas. Así, para
quienes concentran la riqueza y el poder político, los excluidos son parte y objeto de discurso como
si su existencia representase una consecuencia casi directa de los actuales cambios económicos y
sociales. El punto más grave de esta idea es que se anulan discursivamente los “porqués” de la
exclusión. Se trabaja para compensar, pero no se problematizan los procesos de profundización de
las desigualdades ya existentes. El hablar de la exclusión nos enfrenta a quienes han quedado fuera
pero no nos dice nada sobre el porqué han quedado fuera.
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