Page 115 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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—El viento va a empeorar mucho. Y el problema es

            que  al  navegar  así,  para  apartarnos  de  la  costa,  nos


            vamos  a  meter  cada  vez  más  en  el  corazón  de  la

            tormenta.


                  Alguien aporreó la puerta del camarote de Néstor,


            que  se  había  quedado  adormilado  sobre  la  litera.  Se

            levantó, pero no antes de que Boeto abriera la puerta

            contigua  con  cara  de  pocos  amigos.  —¿Hay  alguna


            manera de que a uno le dejen dormir en este maldito

            barco?


                  —Apártate  un  poco  y  límpiate  la  barba,  que  la

            tienes llena de vómitos.



                  Boeto          volvió           a      encerrarse             con         cara        de

            desesperación, y el propio Néstor abrió la puerta. Era

            una mujer joven, una de las esclavas de Clea. No tenía


            mucha mejor cara que Boeto.


                  —Mi señora te necesita. Dice que se está muriendo.


                  Néstor  se  ciñó  la  túnica  y  siguió  a  la  esclava.

            Recorrieron el pasillo tambaleándose y agarrándose a


            las  paredes,  pues  cuando  la  nave  bajaba  parecían

            caminar en el aire y cuando subía las piernas pesaban

            como plomo. Ante la puerta de (lea montaban guardia


            cuatro hombres armados con lanzas cortas, poco más

            que venablos, porque el techo era muy bajo. Era difícil


            decidir si los soldados sujetaban las lanzas o las lanzas




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