Page 19 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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por la noche y revolver los rizos de sus hijos al
levantarse. ¿Qué les ofrecía Alejandro? Tragar polvo un
día y otro día recorriendo desiertos sólo para alcanzar
el próximo horizonte y comprobar que aún no era el
último.
Y sin embargo...
Sin embargo a Pérdicas le quedaba la duda de saber
qué encontraría Alejandro tras el próximo horizonte.
Roxana contuvo un bostezo. Últimamente, con el
embarazo, se le cerraban los ojos a todas horas y el
sueño le resultaba más dulce que cualquier manjar.
Pero ahora no podía rendirse a ese placer: tenía que
resolver el asunto de Alejandro de una vez. Aunque
Pérdicas estaba casi de espaldas y apenas le veía parte
del rostro, Roxana percibía las dudas que le
atormentaban. Era un momento muy peligroso para
ella. Si le invadía un arrebato de esa lealtad que
despertaba Alejandro entre sus hombres y acudía a
confesárselo todo, estaba perdida.
—Ven a la cama, general —le llamó.
—Ahora. Espera.
Pérdicas no tenía mala silueta, y lo sabía. Roxana se
había dado cuenta de que él mismo se había detenido
un instante a mirar su sombra. El mayor defecto de
Pérdicas era la vanidad; el más difícil de disimular y el
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