Page 264 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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vino con mirada de perro como Meleagro.


                  —Ese  hombre  es  como  una  muela  infectada.  Va

            siendo  hora  de  que  me  la  extirpe  de  la  boca  —  dijo


            Alejandro, apretándose ambas sienes a la vez entre el

            pulgar y los demás dedos. Lisanias se habría acercado


            a  él  para  masajearle  la  nuca  y  aliviarle  el  dolor  de

            cabeza,  pero  había  varios  pajes  reales  montando

            guardia  junto  a  la  pared  y,  aunque  estuvieran


            inmóviles  como  estatuas,  bien  sabía  él  por  propia

            experiencia que tenían ojos y oídos.


                  Había  sido  un  día  muy  duro  para  el  rey.  Por

            supuesto, no se había quejado, pero Lisanias lo sabía


            por la forma en que se le hundían las mejillas. Después

            de los sacrificios matutinos, había pasado varias horas


            reunido  con  Eumenes  para  resolver  los  engorrosos

            problemas  logísticos  del  ejército  y  llevar  a  cabo

            milagros  financieros  que  ya  eran  habituales  en  ellos,


            cambiando una partida aquí y trasladando otra allí de

            modo  que  todo  cuadrara.  Lisanias,  que  no  era  muy


            rápido echando números, se maravillaba cuando veía

            los dedos de Eumenes volar por las cuentas coloreadas

            del  ábaco.  Con  razón  Alejandro  se  negaba  a  reunir


            ejércitos de más de cuarenta mil hombres. Por culpa de

            las  Historias  de  Heródoto,  los  griegos  estaban

            convencidos de que el emperador Jerjes había invadido


            la Hélade con casi dos millones de hombres. Alejandro



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