Page 265 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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le  había  explicado  a  Lisanias  que  eso  era  imposible

            desde cualquier punto de vista. Por los archivos que


            había consultado en la corte persa y por sus propios

            cálculos  el  rey  macedonio  pensaba  que  bien  podían

            haber sido doscientos mil combatientes, y casi el doble


            de personas si se contaba a los sirvientes, las mujeres y

            toda la multitud que habitualmente se adhería a esas


            expediciones.  Aun  siendo  una  cifra  mucho  más

            reducida  que  la  de  Heródoto,  las  dificultades  de

            abastecer  a  un  ejército  tan  numeroso  habían  sido


            formidables. En la invasión de Grecia, exceptuando a

            los  Inmortales  y  otras  tropas  de  élite,  los  persas

            tuvieron que valerse por su cuenta forrajeando sobre el


            terreno y saqueando las tierras no sólo de los enemigos,

            sino también de pueblos aliados como los tebanos, y

            aún  así  habían  sufrido  estrecheces  y  privaciones.


            Alejandro no podía malquistarse de esa manera con los

            griegos  que  los  acogían  como  anfitriones  en  Italia.


            Todas  las  provisiones  que  consumía  su  ejército  se

            compraban y se pagaban religiosamente, lo que hacía

            bajar  con  rapidez  los  fondos  de  la  tesorería,  como


            señalaba Eumenes con su voz plana e insistente.


                  Después  de  la  larga  reunión  con  su  secretario,

            Alejandro  había  recorrido  el  campamento  para


            inspeccionar las instalaciones sanitarias, había visitado

            el hospital de campaña, había ido a los establos para




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