Page 267 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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Oxibaces, por quien sentía un gran afecto, y además el

            espectáculo  de  aquellos  gallardos  jinetes  con  sus


            brillantes armaduras había contribuido a subir la moral

            de  todo  el  ejército.  Pero  el  saludo  entre  Alejandro  y

            Roxana fue tan trío que habría congelado las aguas del


            río  Piriflegetón.  Más  tarde,  cuando  ella  se  retiró  y

            Alejandro se quedó a solas con Oxibaces y Lisanias, le


            comentó:  —Te  dije  que  no  quería  ver  a  tu  hermana

            aquí.


                  —¿Qué  querías  que  hiciera,  Alejandro?  —

            respondió el príncipe bactrio mostrándole las palmas


            abiertas—. Sabes que Roxana es incontrolable. Ni mi

            padre es capaz de obligarla a que haga su voluntad.


                  Para  colmo,  después  de  aquello  había  aparecido


            Meleagro  sin  que  nadie  lo  invitara.  Lisanias  seguía

            maravillándose del control del rey; de haber sido por

            él, lo habría echado a patadas de allí. Parecía mentira


            que el Alejandro que él conocía fuera el mismo hombre

            que  en  una  riña  de  borrachos  había  matado  a  su


            camarada  Clito  el  Negro.  De  hecho,  Lisanias  habría

            llegado a pensar que aquella historia no era más que

            una  calumnia  si  el  propio  Alejandro  no  le  hubiese


            confirmado su veracidad.


                  Cuando Meleagro se fue por fin, Lisanias se quedó

            contemplando a Alejandro, que seguía masajeándose

            la sien con gesto fatigado. Como solía hacer, el joven



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