Page 266 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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comprobar que Amauro estaba bien atendido y, entre

            tanto  ajetreo,  se  había  olvidado  de  almorzar,  lo  que


            suponía que Lisanias tampoco probara bocado.


                  Por la tarde se había reunido con las delegaciones

            griegas  de  Italia,  incluyendo  a  los  embajadores  de


            Neápolis, la ciudad más rica y poblada de Campania.

            Los  romanos  les  estaban  apretando  las  clavijas,

            insistiéndoles  en  que  les  abrieran  las  puertas  para


            introducir una guarnición de mil quinientos hombres.

            Los neapolitanos no querían tropas extranjeras en su

            ciudad,  pero  si  se  resistían  a  las  presiones  de  los


            romanos querían que a cambio Alejandro les ofreciera

            ciertas  garantías.  Deseaban  mantener  sin  cambios  el

            régimen  político  de  la  ciudad,  quedar  exentos  de


            contribuciones al esfuerzo bélico y además convertirse

            en cabecillas de una futura Liga de Campania. El jefe


            de la embajada de Neápolis era un orador que hablaba

            sin parar y hacía grandes aspavientos con esa forma tan

            vehemente de gesticular de los italianos. Alejandro le


            dijo luego a Lisanias que aquel hombre le recordaba a

            Demóstenes,  y  recordando  cuánto  odiaba  al  difunto


            orador  ateniense,  el  joven  oficial  comprendió  cuánta

            paciencia  había  tenido  para  no  echar  con  cajas

            destempladas a toda la legación.


                  Luego, a media tarde, habían llegado los catafractos


            persas. Alejandro se alegraba de tener allí a su cuñado



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