Page 269 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
P. 269

la única forma de que el hijo de Filipo encontrara la paz

            sería dar por fin con un enemigo que lo derrotase con


            honor y que le regalase el descanso que merecen los

            héroes.


                  Por  Apolo,  ¿qué  estoy  pensando?,  se  dijo,


            escandalizado de sí mismo.


                  Alejandro se dio cuenta de que se estaba frotando

            de nuevo la cabeza y de que Lisanias y los demás pajes

            eran testigos de su momento de debilidad. Al instante


            se enderezó y dijo al joven guardia:


                  —Acompáñame. Se acerca la hora.


                  Lisanias siguió a su señor escaleras arriba. Las casas

            de Posidonia solían tener techos de tejas a dos aguas,


            pero  la  mansión  que  la  ciudad  le  había  regalado  a

            Alejandro era una excepción y disponía de un terrado


            por encima del segundo piso. Desde allí se disfrutaba

            de una buena vista, pues el edificio se alzaba sobre uno

            de los puntos más altos de la ciudad. Al este y al sur se


            divisaban los montes desde los que bajaban lucanos y

            samnitas para saquear los campos de los posidonios.

            Al oeste, el mar seguía con olas de fondo después de


            varios  días  de  vientos  muy  fuertes,  aunque  ahora  el

            aire  se  había  calmado  y  el  cielo  estaba  despejado  y

            limpio. Pero los ojos de Lisanias se fueron al norte. Allí,


            a ciento cincuenta estadios de la ciudad, se extendía un

            alargado  espolón  de  los  Apeninos  que  se  extendía


                                                              269
   264   265   266   267   268   269   270   271   272   273   274