Page 268 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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macedonio se preguntó en qué remotos parajes vagaba

            la  mente  del  rey  y  cuántos  Alejandros  se  escondían


            debajo de aquel rostro. Lo había conocido en retratos

            antes  que  en  persona,  pero  poco  quedaba  ya  de

            aquellos  rasgos  adolescentes,  casi  femeninos  de  las


            estatuas. Aunque conservaba su piel rosada y suave,

            las  privaciones  le  habían  chupado  la  carne  de  las


            mejillas,  tallando  en  ellas  dos  arrugas  rectas  como

            cuchilladas  que  le  bajaban  desde  los  pómulos.  Sus

            cabellos rubios no habían encanecido, pero el sol los


            había decolorado y ahora parecían de heno ahumado.


                  No  era  extraño  que  ahora  pareciera  cansado.

            Cuando Lisanias lo conoció, el rey seguramente había

            viajado más que ningún otro hombre antes que él. Pero


            en los seis años que llevaba a su lado, primero como

            paje y después como oficial de la guardia y asistente


            personal,  Alejandro  había  viajado  al  menos  otros

            doscientos mil estadios. No para conquistar, sino para

            que los súbditos de todo el imperio le vieran y supieran


            que Alejandro viajaba como el viento y podía plantarse

            en cualquier lugar en cuestión de semanas.


                  Los ojos de Alejandro, uno verdoso y otro azulado,


            se veían algo más hundidos, pero aún resplandecían

            con ese brillo húmedo y febril que le llevaba siempre

            más allá, condenado a estar eternamente insatisfecho.


            En aquel momento, a Lisanias se le antojó que tal vez



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