Page 273 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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había costado una fortuna. No, la razón de la ansiedad
que el rey trataba de disimular ante todos era otra que
Lisanias conocía, y que también le dolía. Él, que
adoraba a Alejandro y en algunos momentos se sentía
amado por él, le podía entregar su lealtad, su
compañía, sus oídos, el don de su belleza, incluso a
veces sus caricias; pocas, pues la proverbial continencia
de Alejandro se había acentuado con los años. Pero el
verdadero báculo de Alejandro, la persona a quien
recurría en busca de sentido común y en quien
encontraba su fuerza interior era Néstor, del que no se
había separado desde Babilonia.
Hasta ahora. Por generosidad, el rey había dejado a
Néstor en Alejandría, ya que el embarazo de su cuarta
esposa se presentaba complicado. Hacía pocos días les
había llegado la noticia de que el médico había tenido
que abrir el vientre de Nebet para sacar de él a dos
mellizos. Tanto la madre como los hijos habían salvado
la vida, lo que demostraba que Alejandro había
acertado. Pero Néstor no estaba con su amigo y señor
por primera vez en casi seis años, y fuera por
casualidad o por el destino, era ése el momento en que
Alejandro había empezado a encontrarse mal. —
Seguro que están reparando sus desperfectos en algún
lugar de la costa —dijo Alejandro por fin—. La
Anfítrite es un titán del mar. Es imposible que se haya
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