Page 296 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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superior le obligara a rehuir la mirada de Alejandro.

            Pero la voluntad de éste era más fuerte y le retuvo.


                  —Eres  uno  de  mis  soldados,  Euctemón.  Me  has


            jurado obediencia.


                  —Sí.


                  —Mi  orden  para  ti  es  que  no  hables  de  esto  con

            nadie. Ni siquiera puedes comentarlo con tu hermano.


            Dime que lo has entendido.


                  —Lo he entendido.


                  —Dime: «Lo he entendido, Alejandro».


                  Euctemón tragó saliva.


                  —Lo he entendido, Alejandro.


                  El rey le soltó por fin. Por un instante su mano se


            acercó a la mejilla de Euctemón como si fuera a darle

            un cachete cariñoso, pero se arrepintió. Lisanias asintió

            aprobador. Era obvio que aquel lunático lo pasaba mal


            cuando alguien le tocaba.


                  Alejandro y Lisanias se quedaron solos con Pérdicas

            y  el  caldeo,  que  apenas  había  pronunciado  palabra.


            Alejandro se volvió hacia él.


                  —¿Qué opinas, Kalba?


                  El babilonio le respondió en un griego cargado de

            aspiraciones guturales.


                  —¿Has  visto  cómo  entrelazaba  las  manos  todo  el



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