Page 298 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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Pérdicas y Kalba también se fueron, y Alejandro se
quedó a solas con Lisanias. Sólo entonces se desplomó
sobre la silla que había ocupado Dicearco y se tapó los
ojos con las manos. —Te ha vuelto a pasar —dijo
Lisanias.
—¿Se ha notado mucho?
—Creo que Demetrio sospechó que no veías.
—Ese joven es perspicaz.
—Y muy guapo —añadió Lisanias.
Alejandro soltó una carcajada desprovista de
alegría.
—Lisanias, Lisanias, no deberías sentirte... —Se
interrumpió y a duras penas contuvo un gemido.
—¿Qué te pasa? ¿Es el dolor?
Las uñas de Alejandro rechinaron sobre el tablero
de la mesa, pero sólo fue un segundo y enseguida
recobró el control. —Acércame el vino.
Lisanias le puso la copa delante. Alejandro la apuró
de un trago y le pidió que se la volviera a llenar. Tras
vaciarla de nuevo, le pidió: —Ayúdame a bajar. Se me
nubla la vista.
Cuando llegaron al aposento real, Alejandro le
despidió sin tan siquiera dejar que le ayudara a
quitarse la ropa. Tras cerrar la puerta de la alcoba a sus
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