Page 347 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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Grilo le entregó el mensaje enrollado.
—Estos dos vienen recomendados, Gorgo. El
tercero, no.
El ayudante del capitán se despidió y los dejó a
solas con la mujer. Ella echó a un lado la cortina para
que pasaran. Entraron a la tienda, que era lo bastante
alta para estar de pie, y aún sobraba un codo sobre sus
cabezas. Un biombo de mimbre la dividía en dos
partes. Pasaron a la de la izquierda, donde había un
hombre sentado en un sillón con el respaldo reclinado
hacia atrás. Tenía el cuerpo rodeado de cojines, las
piernas en alto sobre un escabel acolchado y las manos
apoyadas en sendos reposabrazos. Estaba muy
delgado y el único movimiento que se apreciaba en él
era el de su ropa subiendo y bajando al compás de su
respiración. Llevaba una túnica inconsútil y de un
blanco inmaculado. En el suelo, al lado del hombre,
había una palangana con agua, un toallero con paños
limpios, un rascador de cobre y un par de vasijas de
aceite aromático.
El hombre movió las cejas al verlos, pero poco más.
Por lo que revelaban su contextura y el tamaño de sus
manos, casi tan grandes como las de Euctemón, debía
de haber sido un tipo fuerte; pero ahora los anchos
hombros se habían convertido en una especie de
percha de la que le colgaba la túnica.
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