Page 363 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
P. 363
impregnar sus palabras de un tono cínico, como si
quisiera implicar que lo único que le importaba era el
rescate, pero su cuñado le conocía bien.
—Entiendo. Ojalá Fortuna sonría a Lila. Mi mujer ya
está en tu casa.
No tardaron en llegar a la domus de Gayo Julio, que
estaba al principio de la cuesta del Argileto, a unos
doscientos pasos del foro. El tribuno insistió en que
Néstor se refrescara, tomara un refrigerio y descansara,
pero el médico aseguró que antes quería ver a su
paciente.
—Mi deber como patricio romano es ofrecer...
—Yo tengo mi propio deber como médico —le
interrumpió Néstor.
—No has dormido esta noche.
—Por favor, Gayo Julio. Ahora.
Gayo, que sabía reconocer una determinación como
la suya cuando la veía en los ojos de otra persona,
accedió. A Agatoclea (o Clea, como insistía en que la
llamara) la dejó en manos de su hermana Julia, la
esposa de Escipión, para que las instalara a ella y a sus
cuatro sirvientas. —¿Y mi mujer? —preguntó a
Pandemo cuando vino a recibirle. El liberto, un griego
nacido en
Tarento, era su secretario y casi su mano derecha.
363

