Page 365 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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de Escipión.
Cruzaron el atrio y giraron a la izquierda hasta el
cubículo de Lila. Gayo hubiera llegado a ciegas, guiado
por la quejumbrosa cantinela que entonaba su madre.
Nada más entrar en la habitación, el médico arrugó la
nariz y frunció el ceño. Pese a estar en lo más cálido del
mes de sextil, dos grandes pebeteros quemaban
hierbas, y las paredes, el arcón y el armario estaban
festoneados de ramas de laurel e hinojo, aunque
también había otras plantas que, por desgracia, no
olían tan bien. Había incluso ristras de ajos colgadas
del techo, como si aquello fuera una despensa.
—Que retiren todo esto —dijo Néstor. Después
levantó la mirada hacia una pequeña ventana cerca del
techo. Mientras la servidumbre despejaba aquel jardín
botánico, él mismo se puso de puntillas y abrió el
postigo. Con la puerta y la ventana abiertas, se formó
algo de corriente y Gayo Julio respiró aliviado.
El patricio se inclinó para besar a su madre, sentada
sobre un arcón con el manto pardo echado sobre la
cabeza como si ya guardara luto. Ella, absorta en su
letanía a Domiduca, Angitia, Orbona, Libitina y un
sinfín de diosas ancestrales, ni siquiera le contestó.
—No ruegues aún a Libitina, madre —susurró
Gayo Julio—. Aún no está muerta. He traído a un
hombre que la curará.
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