Page 378 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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Cuando Julia terminó, el propio médico rasuró la

            sien de la niña con una cuchilla de cobre. A Gayo le dio


            pena ver a su hermana con casi media cabeza calva,

            pero  sabía  que  en  breve  presenciaría  cosas  peores.

            Entonces recordó cuál era su misión, terminó de atarle


            las piernas y se quedó esperando por si le solicitaban

            cualquier cosa. Néstor se volvió hacia la mesa donde


            tenía los escalpelos, eligió el más fino de todos e hizo

            una incisión vertical en la sien, no muy lejos de la ceja

            izquierda. De la herida empezó a manar sangre de un


            rojo escandaloso. Boeto, que ya debía tener costumbre

            de ayudar a su señor, la limpió con una gasa empapada

            en vino. Lo habían traído de casa de Julia y Cornelio,


            pues Néstor había insistido en que el mejor para esos

            menesteres era el de diez años y Gayo no lo tenía. Las

            esclavas  no  hacían  más  que  traer  trapos  limpios,


            mientras  Néstor  aplicaba  el  vino  puro  con  una

            generosidad digna de un banquete macedonio.


                  Como la hemorragia no se detenía, el médico aplicó


            un cauterio al rojo sobre los bordes de la herida. Lila se

            removió un poco y gimió en sueños, mientras el olor a


            carne quemada se extendía por el atrio. Boeto le pasó

            la esponja somnífera y Néstor la aplicó unos segundos

            hasta  que  la  niña  volvió  a  tranquilizarse.  Después


            practicó otra cisura a unos dos dedos de la anterior, casi

            encima de la oreja.




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