Page 376 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
P. 376
uña, puedo matarla.
Para entonces todos los habitantes de la casa se
habían congregado en el patio, y también algunos de
las casas vecinas. Entre patricios, clientes, libertos y
esclavos había más de treinta personas apiñadas en el
atrio, murmurando y empujándose para ver más de
cerca qué iba a hacer aquel curandero foráneo. Néstor
ordenó que se retiraran al menos a seis pasos y que
guardaran silencio. Los soldados que habían
acompañado a Gayo para custodiar a los dos
prisioneros formaron un cordón y apartaron a la
concurrencia.
—Sólo necesito a cuatro personas cerca de mí.
Boeto, Gayo Julio... —La mirada de Néstor saltó de
Martina a Julia—. Quien me ayude debe tener
estómago y pulso firme.
—Yo lo haré —respondió Julia en griego.
—Yo también puedo ayudar —dijo Agatoclea, que
acababa de salir de la habitación que le habían
asignado. Los legionarios que escoltaban a la joven
pelirroja miraron interrogantes a Gayo. Él asintió.
—No deberías haberte cambiado de vestido —
respondió el médico, mirándola de reojo—. Puede que
te manches de sangre.
–Hay cosas más importantes —respondió ella,
376

