Page 380 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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apretaba la vejiga. Por el otro agujero fluyó una mezcla

            de agua y sangre oscura, lo que provocó un gruñido de


            satisfacción en el médico.


                  El  tiempo  parecía  haberse  congelado.  Néstor  no

            hacía más que limpiar con aquella especie de siringa,


            aplicar el cauterio una fracción de segundo y volver a

            limpiar.  Después  le  pidió  a  Boeto  una  cánula,  y  el

            sirviente le entregó un tubo finísimo y flexible. Néstor


            se agachó sobre la herida y Gayo dejó de ver lo que

            hacía.


                  —Aguja —pidió el médico por fin.


                  La mirada de Gayo se cruzó con la de Agatoclea. La


            joven  estaba  aguantando  bien,  aunque  ya  le

            empezaban a temblar las manos de mantenerlas en alto

            para sujetar las pinzas, y por el color de su rostro Gayo


            sospechaba que el sudor que le chorreaba por la frente

            era tan frío y viscoso como el que a él le empapaba la


            espalda. Julia, por su parte, estaba inmóvil como un lar

            en su hornacina y observaba sin parpadear lo que hacía

            el  médico.  Una  auténtica  romana,  se  dijo  Gayo,


            orgulloso de ella.


                  —Ya está —dijo Néstor.


                  Gayo  Julio  respiró  hondo.  Sólo  entonces  se  dio

            cuenta  de  cuánto  le  dolían  el  pecho  de  contener  el


            aliento  y  la  espalda  de  encorvarse  tenso  sobre  las




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