Page 374 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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llevaran varias mesitas más y las dispusieran alrededor

            de la grande. Sólo entonces ordenó que trajeran a la


            niña de su cubículo. Martina fue a cogerla en brazos,

            pero el propio Gayo la apartó y levantó a su hermana

            de  la  cama.  Lila  se  le  agarró  al  cuello  con  el  brazo


            izquierdo; su mano derecha se cerró torpemente en el

            aire  y  quedó  colgando  como  un  tallo  mustio.  Por


            Cástor,  pensó  Gayo,  las  plumas  de  mi  yelmo  pesan

            más.


                  —¿Qué  vais  a  hacer  con  Julila?  —preguntó

            Cornelia.


                  –Tranquila, madre. Quédate aquí y sigue rezando


            por ella.


                  Gayo sacó a la niña al atrio, apretándola contra su

            pecho  para  que  no  viera  los  instrumentos  de  metal


            meticulosamente  distribuidos  sobre  las  mesillas:  los

            que no acababan en punta tenían garfios retorcidos o


            dientes de sierra, y parecían herramientas de tortura

            más que de curación. Con mucho cuidado, depositó a

            su  hermana  sobre  la  sábana  que  habían  extendido


            encima de la mesa de mármol.


                  —Está fría —protestó débilmente Lila.


                  —¿Te molesta mucho? ¿Quieres que la calentemos

            un poco? Ella pareció a punto de decir algo, pero no


            encontró las palabras y se limitó a mover un poco la




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