Page 377 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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haciendo a un lado a Martina para acercarse a la niña.


                  Néstor le sonrió y volvió a su trabajo. Mientras el

            médico  inmovilizaba  la  cabeza  de  Lila  con  un


            complicado sistema de correas, Gayo observó los ojos

            de Agatoclea. Por Venus Púdica, se dijo, cómo mira a


            Néstor.  ¿Ella,  la  esposa  del  gran  Alejandro,

            encaprichada de un hombre a sueldo de su marido? La

            joven  se  dio  cuenta  de  que  la  estaban  observando  y


            volvió  la  mirada  hacia  Gayo.  Como  una  niña

            sorprendida en una travesura, su rostro se arreboló y

            bajó los ojos sonriendo con timidez. Gayo, a quien le


            encantaban las mujeres salvo, por desgracia, su propia

            esposa, pensó que esa muchacha de nariz respingona y

            ojos  de  esmeralda  no  era  exactamente  bella,  pero


            escondía un hechizo tan ardiente como el fuego de sus

            cabellos.


                  Gayo  meneó  la  cabeza  para  ahuyentar  aquellos


            pensamientos  y,  obedeciendo  las  instrucciones  de

            Néstor, sujetó con trapos y jirones de túnicas viejas las


            piernas de su hermana, mientras Julia le cortaba el pelo

            con unas tijeras.


                  —Qué pena —dijo Julia—. Nació pelona como una

            calabaza. ¡Con lo que le costó que le salieran estos rizos!


                  —Venga  —la  apremió  Néstor—.  Sólo  el  lado


            izquierdo. Tenemos prisa.





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