Page 390 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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—Como  yo  voy  a  ser  el  rey,  tendrás  que

            obedecerme. Te encerraré en el harén y no volverás a


            ver a tu madre ni a tu hermano nunca más.


                  Cadmia apretó los puños. Neo comprendió que se

            avecinaba un nuevo estallido de violencia y que tendría


            que ayudar a su hermana, pero el vientre se le encogió

            de  miedo.  En  ese  momento  Argo,  el  cachorro  de

            Berenice, que estaba jugando en un arenal al otro lado


            del jardín, llegó corriendo a saltos, pues el césped era

            demasiado alto para sus patitas. La propia Berenice le

            seguía correteando casi con la misma torpeza que el


            perro. Ego se olvidó por un momento de sus sueños de

            conquista  y  asesinato  y  se  agachó  para  acariciarle  la

            panza a Argo. Neo suspiró. En el fondo, tal vez el hijo


            de  Roxana  y  Alejandro  tenía  algo  parecido  a  un

            corazón.


                  Pérdicas  y  su  sobrino  se  lavaron  en  unos  baños


            improvisados  en  un  pabellón  de  campaña.  Podrían

            haberse acercado a la ciudad para hacerlo en la casa,


            pero eso les habría hecho perder tiempo, y a Pérdicas

            le  habían  convocado  a  una  reunión  con  Alejandro  y

            otros generales. Aunque lo que le había disuadido no


            era eso, sino la presencia de Roxana.


                  Dos días antes, la esposa de Alejandro, con la excusa

            de conocer a su cuñada Cleopatra, se había presentado

            de  visita  en  la  mansión  que  ocupaba  el  matrimonio.



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