Page 391 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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Para Pérdicas había sido una pesadilla. Con veintiocho
años, la belleza de la bactriana no se había marchitado
un ápice, e incluso se notaba más asentada y madura,
como si sus rasgos hubieran terminado de encajarse en
el sitio perfecto y definitivo. Pero Pérdicas no era capaz
de apreciar aquella hermosura ideal que habría
complacido al propio Platón. Sólo veía sus miradas de
reojo y el gesto frío de su boca cuando creía que nadie
la observaba, y sólo escuchaba los comentarios
aparentemente inocentes en los que para cualquier
metáfora negativa deslizaba la palabra «veneno». Así,
por ejemplo:
—Los romanos y los cartagineses son el veneno de
Europa. Pero con la ayuda de tu esposo — añadía,
dedicando una sonrisa a Pérdicas—, Alejandro
conseguirá no intoxicarse con él.
Por desgracia, Cleopatra había quedado prendada
de Roxana. La bactriana sabía ser encantadora.
Pérdicas comprendía que, sin conocerla mejor, nadie
sospechara que detrás de su radiante sonrisa y sus
enormes ojos negros se ocultaban designios más fríos e
inhumanos que las cumbres heladas del Paropamiso. Y,
además, Roxana le contaba a Cleopatra los relatos
sobre países exóticos que su propio hermano
Alejandro, siempre ocupado, le escatimaba.
Ya en la cama, Cleopatra le dijo a Pérdicas:
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