Page 392 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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—¡Qué lugares tan maravillosos debéis haber visto!


                  —Gedrosia no era ninguna maravilla, te lo aseguro.


                  —Cuando  termine  esta  campaña,  tienes  que


            llevarme  a  Asia  —dijo  ella  con  mirada  soñadora—.

            Quiero ver contigo los jardines colgantes de Babilonia,

            y  las  pirámides  de  Egipto,  y  los  lagos  termales  de


            Hierápolis,  y  los  palacios  de  oro  y  azurita  de

            Samarcanda, y...


                  —Te llevaré, Cleopatra —dijo Pérdicas, callándola

            con un beso—. Te prometo que recorreremos juntos el


            Camino Real de Sardes a Susa.


                  Después de eso le había hecho el amor a su esposa

            con tanto ardor que ella, entre risas, tuvo que pedirle


            que se calmara si no quería que el parto se adelantara

            más  de  seis  meses.  Al  final  ambos  habían  quedado


            exhaustos, pero ni aun así consiguió Pérdicas sacarse

            de la cabeza a Roxana.


                  Para  colmo,  la  bactriana  había  vuelto  al  día

            siguiente y había manifestado que tenía la intención de


            visitar  a  su  cuñada  a  diario.  Sólo  de  pensarlo,  a

            Pérdicas se le llenaba la boca de ácido.


                  —¿Por  qué  pones  esa  cara,  tío?  —le  preguntó


            Gavanes  mientras  le  rascaba  la  espalda  con  la

            estrígile—. ¿Hay algo que hayamos hecho mal hoy?


                  —¿Algo? ¡Cientos de cosas! —respondió Pérdicas—



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