Page 394 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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solían  estar  de  acuerdo  con  las  del  general.  Para

            manejarlos, éste debía aprender el arte del halago y la


            amenaza  y  manejar  a  la  vez  el  látigo  y  el  guante  de

            seda.


                  Pero  todas  esas  dificultades  se  multiplicaban  al


            mandar  tropas  de  caballería.  En  primer  lugar,  casi

            todos  los  jinetes  eran  miembros  de  la  aristocracia

            macedonia,  guerreros  que  tenían  como  modelo  a


            campeones  homéricos  orgullosos  y  salvajes  como

            Aquiles o Diomedes, y someter a la disciplina militar a

            gente tan altiva no era tarea fácil. Y en segundo lugar


            estaban  los  caballos,  esas  bestias  a  las  que  llamaban

            «nobles»,  pero  que  también  tenían  sus  miedos  y

            bajezas,  recurrían  a  sus  triquiñuelas,  mordían,


            coceaban  y  eran  tan  caprichosos  y  antojadizos  como

            mujeres embarazadas. Pérdicas se quejaba a menudo


            de que no había forma de manejar a toda la caballería

            como una sola unidad, y Alejandro se reía.


                  —¿Te  das  cuenta  ahora?  Ay,  Pérdicas,  eres  más


            difícil de contentar que mi madre.


                  Tal vez fuera cierto, pensaba Pérdicas. Quizá lo que

            él quería era inalcanzable. Levantar un dedo y que todo

            el  ejército  guardara  silencio  al  instante.  Pedir  a  sus


            hombres  que  siguieran  ensayando  las  formaciones

            cuando  el  sol  del  mediodía  hacía  que  los  yelmos

            ardieran  como  parrillas  al  fuego.  Sí,  quizá  lo  que  él



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