Page 418 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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El  otro,  el  caballo  público  que  le  había  entregado  el

            Estado,  era  un  bayo  de  hocico  oscuro  al  que  había


            bautizado              como           Demóstenes                 porque             cuando

            relinchaba  parecía  tartajear,  lo  mismo  que,  según

            contaban,  le  sucedía  al  famoso  orador  ateniense


            cuando perdía los nervios.


                  Demóstenes  estaba  mordisqueando  en  el  cuello  a

            Pegaso,  pero  el  caballo  blanco,  en  vez  de


            corresponderle,  se  dejaba  rascar  y  acicalar  con  aire

            majestuoso,  como  un  patrono  homenajeado  por  su

            cliente. Gayo se llevó los dedos a la boca y silbó. Pegaso


            levantó las orejas y acudió a su llamada, no sin antes

            detenerse junto a la pila de excrementos que acababa

            de  depositar  otro  macho  y  defecar  encima  de  ella.


            Mientras se acercaba a la valla, los demás caballos le

            abrieron paso y una yegua agachó la cabeza y le rozó


            en  el  costado  para  saludarle.  Sifax  comentó  algo

            señalando a Pegaso y Eshmunazar se lo tradujo a Gayo.


                  —Dice  que  se  nota  que  tu  caballo  es  el  jefe  del


            cercado.


                  A Gayo le llenó de orgullo que fuera tan evidente.

            Un rorario acudió corriendo y abrió una puerta para

            que Pegaso y Demóstenes pudieran salir.


                  —¿Quieres que traiga bridas y manta para montar,


            tribuno? —preguntó el joven.





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