Page 419 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
P. 419

Gayo se volvió hacia Eshmunazar.


                  —No es necesario —contestó el cartaginés.


                  Los númidas se acercaron a los dos caballos, Sifax a


            Pegaso y Mulusa, el más joven de los dos hermanos, a

            Demóstenes.  Ambos  les  acariciaron  el  cuello,  les

            acercaron  la  cabeza  y  les  hablaron  en  voz  baja.


            Demóstenes era más pacífico y sosegado, pero a Pegaso

            no le  hacían mucha gracia los  extraños.  Al principio

            echó las orejas hacia atrás y pegó la cola a los cuartos


            traseros,  pero  sólo  hasta  la  mitad,  dibujando  una

            especie de «L» con ella. Gayo sonrió de medio lado.

            Más de un auxiliar de su legión se había llevado un


            mordisco  por  no  hacer  caso  a  esas  muestras  de

            desagrado.


                  Pero era obvio que el númida entendía de caballos.


            Poco a poco, el macho blanco relajó los ollares y la boca

            y enderezó las orejas. Cuando lo vio relajado, Sifax le


            apoyó la mano derecha en el lomo, aferró sus crines con

            la izquierda y se encaramó a su lomo de un brinco.


                  Una  vez  montados,  ambos  númidas  hicieron

            arrancar  a  los  caballos  en  un  trote  que  enseguida  se


            convirtió en un galope suelto. Después se dedicaron a

            maniobrar con giros en seco, casi en ángulo recto. Se

            embistieron  de  frente  y,  cuando  parecía  que  iban  a


            chocar, se apartaron de golpe y chocaron las palmas en

            el aire entre alegres gritos. Gayo observó que lo hacían


                                                              419
   414   415   416   417   418   419   420   421   422   423   424