Page 449 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
P. 449
—Pues asáltala tú solo —saltó Meleagro—. Pero no
te olvides de emborrachar a tus hombres como en
Halicarnaso. ¡Es la única forma de que te sigan!
Pérdicas se llevó la mano al pomo de la espada.
Durante unos segundos lo vio todo rojo y sólo pensó
en degollar allí mismo a Meleagro. Pero las carcajadas
de los demás le hicieron sentir aún más vergüenza que
ira, y reaccionó derribando la silla de una patada y
barriendo con la mano un trípode con una bandeja
cargada de copas de vidrio.
—¡Ahí os quedáis! ¡Por mí os podéis pudrir todos!
Salió de la tienda como un vendaval. Su sobrino,
que estaba charlando con unos pajes, se apresuró a
seguirle. Pérdicas daba tales zancadas en su enojo que
Gavanes casi tenía que correr para mantenerse a su
altura.
—¿Qué ha pasado, tío?
—Tu propio padre. Mi hermano. Se ha reído de mí.
¡Y qué decir de ese otro inepto que está casado con mi
hermana!
—Pero ¿qué te han dicho?
Pérdicas giró hacia la derecha y tomó una ancha
calle que separaba el sector del segundo batallón de
sarisas de la zona donde se levantaban los pabellones
de los Compañeros. Se había marchado de la tienda de
449

