Page 453 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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hasta que caiga el sol, y luego te presentaré a unas
hetairas muy jóvenes y complacientes. Te lo has
ganado.
Caía la noche cuando Alejandro subió al terrado de
la mansión para cenar con Lisanias. Se había
acostumbrado a utilizar la azotea cada vez que quería
conversar en privado, pues allí no había paredes a las
que pudiera pegarse ninguna oreja curiosa y el techo
era lo bastante grueso para ahogar las voces. Ni Roxana
ni su hijo estaban allí; como era habitual, para evitarse
las molestias de las obras de ampliación, habían ido a
visitar a Cleopatra. Alejandro había manifestado cierto
escepticismo ante la repentina adoración que su esposa
bactriana aseguraba sentir por su hermana, pero
prefería que estuviera con ella antes que intentando
intrigar por otra parte, así que no le decía nada.
Lisanias comió con apetito, pues habían pasado
muchas horas desde que había probado bocado por
última vez. Alejandro tan sólo picoteó queso y fruta, y
luego se dedicó a remover con el dedo los posos de su
copa de vino mientras miraba hacia el norte. En la
oscuridad era difícil saber dónde tenía puestos los ojos,
si estaba contemplando la ciudad, la oscura silueta de
las montañas, el cometa o simplemente pensaba con la
vista perdida. Más allá de la muralla empezaba a
encenderse un mar de antorchas, como si el
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