Page 469 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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engendrado  más  herederos.  Había  sometido  a  más

            pueblos.  En  todo  eso  había  demostrado  que  era


            superior, pues un rey a la vieja usanza tenía que ser el

            más macedonio de los macedonios.


                  Alejandro  era  distinto.  Él  no  pretendía  ser  el


            primero  entre  sus  iguales,  sino  superar  a  todos  los

            demás mortales a la manera exquisita y distante de los

            dioses. Por eso debía estar por encima de los hombres,


            alejado de sus miserias. Por eso debía mantenerse joven

            y bello, para demostrar que no era uno más, ya que la

            frase  de  Eurípides  («en  todos  los  hombres  que  son


            hermosos también es bello el otoño de la vida») sólo se

            cumplía  en  privilegiados  como  Alejandro  o  el

            legendario  Alcibíades.  Por  eso  debía  superar  a  sus


            rivales  no  sólo  en  estrategia  y  gobierno,  sino  en

            sabiduría,  lucidez  y  templanza,  y  ser  un  auténtico


            Apolo entre ellos.


                  Un  Apolo,  se  repitió  Lisanias,  mientras  el  rey

            regresaba a la mesa para rellenar la copa. Alejandro,


            que  siempre  había  venerado  a  Dioniso,  había

            aprendido a temerlo después de Babilonia, a sabiendas

            de  que  los  oscuros  misterios  de  su  culto  podían


            destrozar a un hombre. Pero ahora, se temía Lisanias,

            estaba cayendo de nuevo en las garras del dios.


                  —Sí —prosiguió Alejandro—, confío en él. Confío

            en  Crátero.  Hasta  cierto  punto.  Él  no  me  venderá  a



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