Page 527 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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convincentes, como que quería conocer dos puntos de

            vista sobre los romanos, el de Crátero y el de Pérdicas.


            Pérdicas  se  mordió  la  lengua,  y  de  paso  observó  a

            Alejandro  con  ojo  crítico.  Tenía  las  pupilas  muy

            dilatadas,  y  se  le  notaba  más  que  otras  veces  la


            diferencia  de  color  entre  ambos  ojos;  pero  no  olía  a

            vino, sólo a aceite perfumado.


                  El  caso  era  que  Pérdicas  debía  prepararse  cuanto


            antes,  pues  la  embajada  iba  a  partir  ese  mismo  día:

            Crátero  ya  estaba  listo,  así  como  los  demás

            Compañeros que los escoltarían.


                  —Confío en ti —le dijo el rey, apretándole el brazo,


            y Pérdicas sintió una súbita repugnancia, como si  lo

            que tenía sobre la piel fueran las patas de una oruga y


            no los dedos de Alejandro.


                  Y un cuerno confías en mí, se dijo.


                  Ya en la casa de Timandra, mientras dos asistentes

            recogían las ropas y armas que él les había indicado,


            Pérdicas fue a despedirse de Cleopatra. Le reconcomía

            la conciencia no haber pasado con su esposa esa última

            noche, pues era fácil que tardara en regresar quince o


            veinte  días.  Y,  aunque  los  romanos  habían  jurado

            impunidad para los embajadores y les habían otorgado

            un  salvoconducto,  la  misión  no  estaba  exenta  de


            peligros.  Si  las  palabras  de  Alejandro  les  parecían

            demasiado altivas o humillantes, no era imposible que


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