Page 529 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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lengua y los dedos de la bactria habían recorrido su

            cuerpo.  No  era  la  primera  vez  que  recibía  un


            khrematismós, un sueño en el que, a diferencia de los

            óneiroi habituales que precisaban de un intérprete para

            desentrañar sus símbolos, se le presentaba un dios o un


            familiar para aleccionarle de forma directa. A lo largo

            de  su  vida  había  tenido  visiones  de  su  padre,  de


            Dioniso,  de  Heracles  y  del  propio  Alejandro,  y  casi

            siempre  le  habían  dado  consejos  atinados.  Pero  esos

            visitantes se habían quedado de pie al lado de su cama,


            nunca habían entrado en ella, y menos para abrazarse

            a  él  de  forma  tan  lasciva  como  aquella  Lamia  de

            pesadilla.


                  Roxana se acercó a Pérdicas y, como cuñada suya, le


            besó en las mejillas. Al hacerlo exhaló su cálido aliento

            y  le  pasó  la  lengua  por  la  oreja.  La  sensación  fue


            idéntica  a  la  del  sueño.  Un  escalofrío  le  recorrió  la

            espalda y tuvo que hacer un esfuerzo para no apartarse

            como si le hubiera picado una cobra.



                  Si es que no le había picado de verdad.


                  —Os  dejo  despediros  —dijo  Roxana,  y  antes  de

            volverse  dirigió  una  última  e  intensa  mirada  a

            Pérdicas. Por culpa del perfume de la bactria y de aquel


            fugaz lametazo, el general volvió a sentir una dolorosa

            presión bajo el faldar de cuero.


                  Al  ver  alejarse  a  Roxana  con  un  ligero  cimbreo,


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