Page 528 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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los romanos decidieran imitar el gesto de los
espartanos cuando, más de ciento cincuenta años atrás,
habían arrojado a un pozo a los enviados del rey persa
que reclamaban tierra y agua en señal de sumisión.
Para colmo, cuando Cleopatra acudió a despedirse
en el atrio, llegó enlazada del talle con Roxana. Al ver
a la bactria con su esposa, Pérdicas se encontró de
repente sucio y viscoso, aunque antes de presentarse
ante Alejandro se había lavado y restregado a
conciencia. La sensación de culpabilidad no se debía a
la orgía nocturna, que no había sido más que un
desahogo para su tensión y su furia, como salir de caza,
luchar en la palestra o sudar jugando a la pelota con los
amigos. Por supuesto, no se le habría ocurrido
explicarle a Cleopatra los detalles de la fiesta, pero ella
ya sabía, igual que todas las mujeres, cómo son los
hombres. Al fin y al cabo, ella no podía esperar que se
mantuviera casto en las largas separaciones motivadas
por las campañas militares, y ahora, con el embarazo,
la situación era parecida.
Una vocecilla le susurró al oído: ¿Y qué crees tú que
hace ella durante esas separaciones? ¿Te es fiel? ¿Le fue
fiel a su marido mientras éste se encontraba en Italia?
Maldita Roxana, volvió a repetirse Pérdicas. Todos
esos pensamientos, la duda, la culpa y el temor, eran
por ella, y si se sentía sucio era por la manera en que la
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